El Mundial 2026 representa una ruptura con la vida cotidiana. El fútbol es una pasión común y los seres humanos lo vivimos y observamos proyectando en él nuestra cultura, nuestras creencias y nuestro nivel de consciencia.
Este Mundial fue disruptivo en muchos sentidos: nuevas tecnologías, nuevas reglas y selecciones que rompieron los pronósticos. Pero, sobre todo, fue un espejo amplificado y nítido de nuestras sociedades.
Volvió a poner sobre la mesa preguntas que trascienden el deporte: ¿qué es ganar?, ¿cómo se debe ganar? y ¿cuál debe ser nuestra actitud frente a perder?
En el fondo, el Mundial volvió a enfrentar dos maneras de entender la competencia. Por un lado, quienes creemos que ganar implica hacerlo con buen juego, comportamiento justo y principios éticos; quienes no solo observamos cómo son las cosas, sino cómo deberían ser. Por el otro, quienes entienden la victoria como el objetivo último, donde el resultado termina justificando los medios.
Detrás de esa discusión también existe una industria con intereses que van mucho más allá de los noventa minutos de juego, aunque esos noventa minutos definan millones de dólares, prestigio, poder e influencia.
Es curioso pensar que algunos de los Mundiales más polémicos por su desenlace han tenido a Argentina como protagonista: México 1986, Catar 2022 y ahora el MUNDIAL 2026. En cada caso las controversias han sido distintas, pero suelen aparecer elementos comunes: la dureza del juego, las infracciones y, más recientemente, los cuestionamientos sobre decisiones arbitrales que hoy, gracias a la tecnología y las redes sociales, se difunden de manera inmediata y masiva.
Desde mi perspectiva, el fenómeno no se limitó al terreno de juego. Se generó un fuerte sentimiento antiargentino que, ojalá, permanezca únicamente en el ámbito deportivo. Al mismo tiempo, considero que la selección argentina proyectó una identidad excesivamente ligada a la necesidad de ganar, dejando en un segundo plano aspectos como el juego limpio, el respeto por las reglas, la forma de relacionarse con los rivales y el ejemplo que todo deportista de élite representa para niños y jóvenes.
Es posible que esa mentalidad competitiva haya contribuido a construir un equipo extraordinariamente exitoso. Sin embargo, también tuvo un costo reputacional. La confrontación permanente terminó alimentando más confrontación. La violencia en el campo encontró eco fuera de él y, lamentablemente, también se reflejó en episodios de violencia entre aficionados.
En mi opinión, la marca de la selección argentina resultó más afectada por la forma en que fue percibida que por el resultado deportivo. Un segundo lugar en un Mundial es un logro extraordinario. Lo que quedó en discusión fue el estilo con el que se compitió.
Algo similar ocurrió con la imagen pública y la marca personal de algunos de sus jugadores. Más allá de sus enormes condiciones deportivas, varios proyectaron comportamientos que muchos interpretaron como poco humildes tanto en la victoria como en la derrota. Y quizá ahí exista una reflexión más profunda: la verdadera humildad no consiste en negar la propia grandeza, sino en reconocerla sin sentirse superior a los demás. Esa es una virtud que esperamos encontrar en quienes convertimos en referentes.
En contraste, aparece ERLING HAALAND.
¿Es menos competitivo? Algunos puristas podrían afirmarlo. ¿Le falta algo para alcanzar una trascendencia histórica? No lo sé.
Lo que sí mostró fue otra manera de vivir la competencia: un deportista amable, que disfruta jugar, que es altamente efectivo y que parece entender el fútbol como una parte importante de su vida, pero no como la totalidad de su existencia. Tal vez por eso celebra cuando gana, acepta la tristeza cuando pierde, agradece la experiencia y continúa con su vida. Esa actitud, lejos de disminuir su competitividad, parece darle una mayor libertad para competir.
Redes sociales: ¿dónde encontramos la verdad?
Otro protagonista silencioso de este Mundial fueron las redes sociales.
En ellas vimos personas disfrutando el torneo, enamorándose de jugadores, siguiendo historias personales, compartiendo experiencias y celebrando el deporte. Pero también vimos periodistas, influenciadores y aficionados atacando despiadadamente a jugadores, difundiendo desinformación, promoviendo discursos xenófobos o clasistas e incluso lanzando amenazas de muerte.
Resulta sorprendente la cantidad de teorías conspirativas construidas alrededor de los resultados del torneo y, especialmente, de la final. Quizá sea momento de asumir una responsabilidad mayor sobre aquello que creemos, compartimos y publicamos. La verdad parece estar cada vez más sepultada bajo algoritmos, emociones y sesgos de confirmación. La responsabilidad, por tanto, también es colectiva.
El Mundial terminó recordándonos que hoy necesitamos desarrollar habilidades que antes parecían secundarias: pensamiento crítico, empatía, honestidad y la capacidad de buscar la verdad incluso cuando contradice nuestras propias preferencias.
Al final, el Mundial terminó siendo mucho más que un campeonato de fútbol. Fue un espejo del momento histórico que vivimos y de la batalla permanente por construir mejores personas, mejores líderes y mejores sociedades.
Cada uno escogerá de qué lado quiere estar.
Por Natalia Name
Natalia Name es abogada, consultora empresarial y directora de NNR Estudio Legal. Escribe sobre liderazgo, ética empresarial, gobierno corporativo, estrategia, comportamiento humano y toma de decisiones.









