Hace mucho, no ahora porque se escandaliza el mundo, supe que la INTELIGENCIA ARTIFICIAL era un asunto serio. Serio quiere decir algo que no se toma a la ligera ni para utilizarlo ni para satanizarlo, sino algo que se toma seriamente para estudiarlo, comprenderlo y generar alrededor de eso conocimiento, pero, sobre todo, conciencia de lo que implica y consciencia de lo que podemos ser y hacer con la inteligencia artificial. No se trata solamente de un dilema tecnológico; se trata de un dilema humano.
Pero a mí no me gusta hablar por hablar. Me gusta hablar con conocimiento, llenándome de datos, razones y perspectivas, y es por ello que estudié IA para los negocios en Berkeley. Necesitaba saber desde adentro cómo estaba construida, cómo funcionaba, para conocerla, comprenderla y medir su potencial, pero también para entender el potencial superior, es decir, el humano, que somos los humanos frente a la inteligencia artificial.
La IA, según sus ingenieros y creadores, está hecha para simular o reproducir algunos procesos y capacidades asociados a nuestra inteligencia humana: cómo identificamos el mundo, cómo lo convertimos en información que nos hace sentido, identificando objetos a través de la visión, convirtiendo el pensamiento en lenguaje, reconociendo sonidos, por decir algo muy mínimo de todo aquello que somos capaces de hacer los humanos, todo sin esfuerzo consciente, sencillamente porque biológicamente hemos evolucionado para poder hacerlo.
Y aquí aparece para mí una pregunta mucho más grande: ¿sabemos realmente cuál es el límite de nuestro potencial humano?
La ciencia puede medir muchas de nuestras capacidades, pero no ha establecido cuál es el límite total de aquello que podemos llegar a desarrollar. Y justamente porque no lo sabemos, considero un error asumir que aquello que hoy podemos medir constituye la frontera definitiva de lo humano.
Entonces te doy mi primera conclusión: la IA no es superior al potencial humano de inteligencia. Depende de los humanos asumir la responsabilidad de ser, esta vez, conscientes y artífices de nuestra siguiente etapa evolutiva; es decir, convertir esa potencialidad todavía inexplorada del ser humano en realidad.
Es la combinación de la biología y el propósito de existir. Los seres humanos existimos para evolucionar.
¿Por qué?
Entiende esto: cuando hablamos de que la IA “aprende”, “razona” o “piensa”, utilizamos palabras humanas para describir procesos computacionales.
La IA aprende en un sentido técnico: son modelos algorítmicos que identifican patrones en enormes cantidades de datos, ajustan parámetros, pesos y sesgos y, dependiendo del modelo y del tipo de entrenamiento, van mejorando sus respuestas, predicciones o decisiones. Algunos incorporan sistemas de aprendizaje reforzado en los cuales determinadas respuestas reciben señales de acierto, desacierto o recompensa.
Pero mi pregunta es otra: ¿eso es aprender en el sentido humano de la palabra?
La respuesta es NO. Porque nosotros no solamente identificamos patrones. Comprendemos, relacionamos, dudamos, experimentamos, sentimos, cuestionamos, intuimos, creamos significado y, a través de aquello que aprendemos, también podemos transformarnos a nosotros mismos.
La IA reconoce objetos. Traduce estímulos a partir de aquello que ha sido entrenada para identificar como algo —una manzana, por ejemplo— y sobre esos datos de aprendizaje empieza a generar coincidencias, probabilidades, aciertos o desaciertos.
Así podría seguir: computer vision, grandes modelos de lenguaje, robótica, modelos predictivos. Todos procesan datos y los convierten en clasificaciones, predicciones, contenidos o respuestas según la arquitectura y el entrenamiento recibido.
Entonces, si bien es cierto que es una herramienta que maravilla —yo reconozco una herramienta brutal que cambiará la manera como hacemos las cosas—, debemos tener claro qué significa realmente aquello que hace.
La IA no “sabe medicina” de la misma manera en que un médico sabe medicina y así con muchas áreas. Y, sin embargo, existen enormes avances en computer vision aplicados al diagnóstico de tumores y otras patologías. La IA ha sido entrenada con datos sobre cómo se ve el cáncer, cómo se ven determinados tumores y cuáles son los patrones asociados a determinadas condiciones. Tiene una capacidad de integración y procesamiento de enormes cantidades de datos, y una velocidad que puede superar ampliamente los métodos tradicionales en determinadas tareas diagnósticas y, aun así, no sabe de medicina.
Una de las razones por las que la IA puede generar información integrada es porque nuestro conocimiento está dividido en ciencias, disciplinas que actúan como islas y los datos se encuentran muchas veces dispersos y fragmentados por áreas. La IA tiene el potencial de procesarlos e integrarlos mediante entrenamientos conjuntos. No estamos todavía completamente allí, pero debería poder pasar.
Los creadores de la IA, y especialmente quienes estudian su aplicación a los negocios, nos muestran que hay industrias que a través de ella optimizarán sus procesos. Por ejemplo, en la agroindustria: imagina cosechar únicamente el fruto que se encuentre en condiciones óptimas a través de computer vision. O utilizar robótica y procesos automatizados para ejecutar trabajos de alto riesgo para los seres humanos.
Otras industrias, en cambio, se transformarán. Es decir, servicios que hoy estamos acostumbrados a recibir de una determinada manera se prestarán de formas distintas.
Por ejemplo, mi área: el derecho. Los modelos de lenguaje, la integración de búsquedas y la IA generativa harán más rápida la búsqueda de información, la generación de textos, la comparación de documentos y la medición de riesgos.
Eso sí, no sustituye la interacción humana, ni la consciencia en las decisiones, ni el propósito, ni los principios, ni los valores, ni la lectura del contexto, ni el análisis perspectivo y prospectivo que solamente un ser humano consciente e integral puede y debe hacer. Otras actividades, profesiones, intermediaciones y modelos de negocio probablemente serán sustituidos o desaparecerán.
Esto tampoco es un tema nuevo ni debería sorprendernos. Ya ha ocurrido muchas veces en la historia de la humanidad. Una tecnología sustituye a otra y, cuando ocurre, transforma los oficios y la manera en que vivimos. Así pasamos de la espada a los cañones con pólvora y a la bomba atómica, por mencionarte ejemplos caóticos. Pero también, para darte un ejemplo luminoso, pasamos de la vela a la luz eléctrica a través del bombillo.
En cuanto a la sustitución del trabajo humano, basta recordar el movimiento ludita, surgido durante la Primera Revolución Industrial. Las máquinas llegaron a las fábricas a sustituir determinados trabajos humanos. De eso hace aproximadamente dos siglos y acá estamos.
Pero la mayor amenaza de la IA no es solo la sustitución; es otra cosa: la velocidad del cambio.
El cambio es tan rápido que, si los humanos no establecemos también nuestro propio ritmo de desarrollo de potencial, corremos el riesgo de no tener suficientemente claro nuestro papel en nuestra propia vida.
Entonces, mi segunda conclusión: el problema no es que llegue la tecnología. El problema es que la humanidad no encuentre las diferencias entre la IA y el potencial humano y no dedique su existencia a desarrollar el más alto potencial que implica estar vivo: comprender el propósito de nuestra existencia y explorar nuestras inmensas capacidades de conexión, creación y transformación.
Y aquí deliberadamente quiero desafiar los límites del conocimiento aceptado. Porque ninguna gran transformación de la humanidad nació sencillamente de aceptar aquello que ya estaba demostrado.
Copérnico desafió la concepción dominante del universo. Leonardo da Vinci imaginó máquinas, cuerpos y posibilidades que excedían ampliamente las herramientas disponibles en su tiempo. Einstein obligó a repensar categorías que parecían definitivas. No afirmo con ello que la ciencia no sea necesaria. Digo algo distinto: la ciencia de hoy no puede convertirse en la frontera de aquello que mañana podremos descubrir.
Antes de la demostración existe muchas veces una pregunta. Antes del dato nuevo existe una hipótesis. Antes de una realidad distinta existe alguien capaz de imaginar que lo conocido puede ser incompleto.
No creo que exista una capacidad, habilidad, unción o posibilidad de transformación reservada exclusivamente a gurús, místicos, genios o mesías. Quizás ellos simplemente alcanzaron a mostrarnos posibilidades humanas que el resto todavía no había explorado. Vinieron a romper fronteras y quizá ese sea justamente el desafío que nos plantea la IA: obligarnos a preguntarnos si durante siglos hemos definido la inteligencia humana únicamente por aquellas capacidades que resultaban más fáciles de observar, enseñar o medir.
Porque si reducimos inteligencia a almacenar información, calcular, reconocer patrones, redactar, predecir o procesar enormes cantidades de datos, las máquinas probablemente nos superarán en muchas de esas dimensiones.
Aquí viene la pregunta incómoda: ¿eso es todo lo que somos?
Mi tercera conclusión es esta: quizás la IA no constituya únicamente una amenaza para la humanidad. Quizás sea también el acontecimiento que obligará a la humanidad a dejar de identificarse exclusivamente con algunas manifestaciones de su capacidad intelectual y comenzar a explorar dimensiones de su potencial que hemos mantenido dormidas, subdesarrolladas o sencillamente ignoradas.
Y mi cuarta conclusión es que la IA requiere propósito, consciencia y autorregulación humana. Para qué, cómo y cuándo la usamos sigue siendo una decisión humana. La IA, entonces, como todo aquello que tiene capacidad de transformar profundamente una sociedad, requiere gobernanza.
¿Hasta ahora hay gobernanza?
Están surgiendo apenas incipientes regulaciones, principios, discusiones éticas, pero NO existe gobernanza seria de los Estados acerca de la IA y menos autorregulación empresarial.
Y eso es parte de lo que vienen denunciando investigadores, creadores y antiguos empleados de algunas de las compañías más importantes del sector. La carrera por quién lidera el desarrollo tecnológico requiere cantidades extraordinarias de capital y se desarrolla en medio de una tensión que la humanidad conoce perfectamente: propósito y rentabilidad. Fondos de inversión, mercados, empresas y Estados compiten por participar en uno de los desarrollos tecnológicos de mayor impacto económico de nuestra época.
Y allí está el riesgo. Porque una carrera exclusivamente guiada por participación de mercado, valoración, velocidad y rentabilidad puede perder de vista la dimensión humana de aquello que está construyendo. Ya a la humanidad le ha pasado esto.
Perfectamente podemos estar creando una especie de bomba atómica para nuestra cultura y nuestra civilización y descubrirlo demasiado tarde, porque estábamos demasiado ocupados, enfocados en el negocio y el mercado y olvidando al stakeholder total de la empresa: la humanidad.
La inteligencia artificial no tiene conciencia, no tiene principios, valores ni propósito.
Somos los humanos, creadores y usuarios, quienes debemos producir la regulación y, además, hacer los cambios necesarios para avanzar en un mundo donde la IA no dejará de existir. La meta no debería ser reemplazar al ser humano, sino ayudar al ser humano.
Y el ser humano, por su parte, deberá asumir la responsabilidad de encontrar y desarrollar su elevado potencial: ese que tuvieron Galeno, Copérnico, Einstein, Da Vinci y tantos otros que fueron vanguardia de su tiempo, que rompieron la barrera de aquello que creíamos posible, que desafiaron las normas y las explicaciones concebidas para alcanzar nuevas posibilidades de la capacidad humana.
La IA no puede reemplazar eso: la creación de lo que no existe, la idea que es original humana, la imaginación pura.
Pero una humanidad perezosa, despistada, inconsciente, incapaz de enfrentar preguntas incómodas, a la que le falten resiliencia, fortaleza, templanza y fe para encontrar, vivir y realizar su más alto potencial y propósito, probablemente tampoco podrá competir con aquello que ella misma creó.
No nos acabará necesariamente la IA. Nos puede acabar la estupidez humana si no trabajamos sobre ella. Y entonces sí: BIENVENIDOS A LOS JUEGOS DEL HAMBRE.
En los próximos artículos te explicaré paso a paso qué es la IA y también, con suerte, podré darte algunas pistas de qué somos nosotros, los humanos.
Es tiempo de integrar conocimiento, pensamiento, palabra y emoción para crear nuestro máximo potencial.
Por Natalia Name









